EL MITO MAPUCHE DE KAY-KAY Y TRENG-TRENG

“Hubo un tiempo en que Kay-Kay, comenzó a dar señales de inquietud, se presentó con cuerpo de caballo y rostro de mujer; su pelo brillaba como el oro, parecía que el sol se hubiese puesto en él.
Kay-Kay miraba a tripaweantu (donde sale el sol), comenzó a galopar sobre el mar, miraba el sol, desafiándolo, mientras las olas le hacían reverencias a su paso.
La serpiente Treng-Treng comenzó a llamar a los hombres para que subieran al cerro sagrado. Allí subieron los hombres y comenzaron a rogar y pagar. Los hombres que no subían se caían al agua; después se transformaban en peces, moluscos y otras cosas que existen en el mar.
La Serpiente Treng-Treng, amiga de los hombres, bajo a enfrentarse a la serpiente Kay-Kay; cuando la serpiente Kay-Kay estaba ganando, la tierra era inundada y cuando Treng-Treng ganaba, la tierra subía.
Arriba del cerro sagrado, los hombres seguían con el ruego; y al tercer llupa pellün (una fase de la rogativa), el cerro dio su aprobación y comenzó a crecer; primero dijo treng, luego treng y después treng y el cerro subió; fue tanto lo que el cerro creció que, los hombres construyeron fuentes de madera y rali (platos), para ponerse en la cabeza y no quedarse pegados en el cielo.
Los hombres permanecieron arriba del cerro y allí miraban los lagos, lagunas que quedaban; miraban los ríos y saltos de agua…eran las mismas aguas de la inundación que venían de regreso.
Después de esto los hombres bajaron a la tierra, allí, se dieron cuenta que ya eran pequeños de nuevo; estos hombres fueron llamados lletuches, la gente de los primeros tiempos; de los cuales descienden las actuales familias y linajes mapuche”
(1).

Este mito narrado en Temuco por Leonel Lienlaf, el año 1989; según la versión que le hiciera su abuela Marcelina.
Este antiguo relato mapuche, considerado un mito cosmogónico; habla de un tiempo en que las aguas del mar salieron, habla del conflicto permanente entre dos realidades opuestas; paradojalmente complementarias: el agua y la tierra.
El mito dice que los hombres subieron a un cerro llamado Treng-Treng, al cerro sagrado. Los hombres que subieron al cerro se salvaron; los que no subieron, fueron arrastrados por las aguas y convertidos en peces y moluscos. Algunos hombres evolucionan, otros involucionaron, todos mutaron su condición.
El mito mapuche enseña el orden en el cosmos, el lugar del hombre en la naturaleza; enseña a subir a las tierras altas, al lugar donde la cercanía con el wenu mapu (cielo) permite la comprensión; recuerda trabajar con las manos la materia prima, la greda informe, la madera del ser; construyeron fuentes de madera dice el mito; allí surgieron las artes, es lo que dice Futa Chao, el Gran Padre.
Arriba en las tierras altas del Treng-Treng, un hombre o una mujer comprende que está en proceso, que su identidad y ser no está concluido; el orden superior enseña a mirar desde la altura. Por eso cuando los hombres vuelven a bajar, las aguas se están retirando; ha desaparecido el conflicto, allí vemos en todo su esplendor los lagos, ríos, esteros, saltos de agua…es la tierra del origen, el axis mundis (centro del mundo). Allí están los primeros hombres, los que se hicieron niños de nuevo; los que poblaran la tierra, sin olvidar que la vida y la muerte es una dialéctica, una paradoja que debe ser conciliada.


Lo cierto es que el Terremoto, 27 de febrero del 2010, y salida de mar, es un suceso conocido, una experiencia que vivió el pueblo mapuche, la sociedad chilena y otros pueblos de la tierra también. El pueblo mapuche tiene una tradición oral sostenida por ancianos, ancianas, Lonko, Machi, Ngenpin, Nütramkafe y otros narradores que lo recuerdan en los relatos del pasado, referidos a animales fantásticos, fatuos o extraordinarios que habitan, lagunas, piedras, bosques, ríos y montes; cerros que hoy llenos de eucaliptos que no sirven para escapar de la furia de Kay-Kay; ya no está la mítica serpiente Treng-Treng que protegió a los hombres.
Se ha olvidado el mito, se ha relegado la historia oral de nuestros ancestros; ahora reina el modelo hedonista que ha instalando casas en laderas de volcanes; ha plantado los montes sagrados, ha borrado los Mutruntuwe (lugar de los llamados); ha construido represas en los ríos, restaurantes y cabañas en los borde de la ola; el hombre y la mujer dejaron de escuchar el canto de los pájaros y animales; el hombre sólo escucha celulares y programas banales de TV; embriagado con el canto de las sirenas ha extraviado el rumbo, olvido el mito; por eso Futa Chao ha hablado fuerte, para sacarlo del sopor y la somnolencia del consumo, el individualismo y la vanidad.
Es de esperar que cuando despertemos del temor paralizante y de la carga de la culpa y las réplicas, podamos mirar de nuevo la extensión del mar, la belleza de las rocas, la hermosuras de las casas construidas en lugares seguros con el propio esfuerzo, con amor y tesón; es de esperar que empecemos de nuevo a compartir la mesa sin mirar los colores ni los credos, empecemos de nuevo a compartir los peces, el pan y la grandeza del espíritu humano.
Al escribir esto, recuerdo una entrevista que le hicieran hace unos 12 años atrás al escritor argentino Ernesto Sábato, allí un periodista le preguntó por las cosas que más recordaba, aquellas que lo acompañaban siempre. El dijo: una de ellas es el recorte de un diario en la que aparece la fotografía de una mujer mapuche con una escoba delante de su ruka, para el terremoto del año 39. Sábato dice que en esa fotografía la mujer mapuche esta barriendo el patio, su ruka está entera y atrás y a los lados, los escombros de una ciudad en ruinas. El periodista pregunta por qué guarda esta imagen; el escritor responde que expresa la fragilidad; señala la voluntad, estar de pie para barrer el caos; pero sobre todo le señala que la fragilidad de una ruka ha permanecido, la simplicidad de una cultura permanece, porque los cambios no ocurren desde la posible a lo imposible; sino de lo imposible a lo verdadero, concluye Sábato.
Los noticieros, en estos días hablan de los efectos del terremoto, del tsunami y sus dramáticas consecuencias; cayeron iglesias, escuelas, casas monumentos; también hemos vistos saqueos e incendios, construcciones que colapsaron, embarcaciones arrastradas a tierra; hemos sabido que falló el sistema de alerta y las comunicaciones; la provincia de Arauco está aislada, Tirúa, Lebu, Llico y Tubul azotado por el mar.
También sabemos que en esta circunstancia en Arauco sonó el kunkull ancestral, el llamado del werken (mensajero) avisó que había que subir al cerro Colo-Colo (el Treng-Treng), cerro que hace sólo dos años atrás fue declarado Monumento Histórico por el Consejo de Monumentos Nacionales. La organización mapuche lafquenche, la comunidad de Chilkoko en Arauco, sabe del mito de su pueblo; por eso toco el kunkull y llamo a subir al cerro y allí hicieron rogativa, tocaron el kultrun, como los ancestros; allí el altar ha permanecido, las piedras rituales, el Rewe ha permanecido y los sitios sagrados todavía pueden verse. Ha permanecido el rito ancestral, calmando a su gente y a los habitantes de Arauco. Nuestros peñis (hermanos), apegados a la tradición, no esperaron la señal de alerta, un llamado al celular, no esperaron que ONEMI, les dijera que hacer. Ellos han escuchado desde la infancia el mito de su pueblo, ellos saben de los cerros Treng-Treng son los lugares protegidos, por eso los defienden y luchan por ellos (tal vez ahora la autoridad entienda la razón cultural de esa demanda); ellos saben del poder del Nguillatun y la rogativa. El rito une, conecta, da fuerza, apaña ante el dolor; mitiga sicológica y socialmente los efectos del desastre.
Es hora de mirar desde las tierras altas, de priorizar la urgencia, es hora de sentido común; hemos sido golpeados sin distinciones, ante lo cual sólo debemos unirnos.
La fotografía con la mujer mapuche del año 39, de la que habla Sábato, es complementaria con la fotografía del artesano de Constitución con la bandera chilena rescatada desde el lodo, el 2010. El mensaje es elevarse, con los pies en la tierra remecida, desde la fragilidad, con humildad; pero, con la fuerza de una sola bandera; La generosidad, disposición y entrega sin condiciones; la voluntad para un trabajo de largo aliento como un solo pueblo, donde todos somos hermanos.
Eugenio Salas Olave
Artista Visual
Investigador Culturas Indígenas

Publicado en periódico Tiempo 21, en Temuco el 06 de Marzo del 2010.

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